Tarde de domingo caluroso en Madrid. A excepción de la zona de asientos bañados por el sol, la plaza de toros más importante del mundo está a rebosar. Tres años después, el 8 de mayo Las Ventas acoge la corrida inaugural de la fiesta taurina más prestigiosa de España, San Isidro. Junto con los Sanfermines de Navarra, el festejo taurino más importante del país. El primer toro ha salido malo, y la paciencia es débil. “¡Pero mátalo ya!”, braman desde el tendido 7, el de los puristas, pasados apenas 15 minutos desde que hiciera su entrada al ruedo Calabrés, un toro castaño bocidorado listón de 566 kilos de la ganadería Montalvo.

El torero, Daniel Luque, ni se inmuta y, llegado el último tercio, hunde su hierro hasta la empuñadura en la espalda del animal. En su siguiente toro volverán a acompañarle los truenos del público, pero por motivos diferentes: la práctica totalidad de los 15 438 espectadores, pañuelo blanco en mano, exige al presidente que le conceda la oreja y éste se la niega. Sólo uno de los tres matadores regresará a casa con tan ansiado laurel: como premio a su destreza, Álvaro Lorenzo recibe el visto bueno del presidente para cortarle la oreja a Negro, el último de la jornada. Por delante, 28 tardes consecutivas de faena: 178 toros. A tenor de lo visto en Las Ventas, uno podría pensar que la tauromaquia en España vive un momento dulce. Pero, adentrándote en el mundo del toro te das cuenta de que hay muchas más aristas.

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